Éste es el caso de Harold E. Edgerton. Su obra más famosa: “Salpicadura de una gota de leche”, abrió el camino para aseverar el carácter científico que la fotografía podía lograr. Más que un fotógrafo, Edgerton fue un estudioso que por medio de su propia invención -el flash estroboscópico- ligó la ciencia a esta forma de arte. En la búsqueda por detener el tiempo sobre una imagen y poder observar lo que el ojo no es capaz de capturar debido a la velocidad, hizo descubrir la belleza desconocida que se desprende de los cambios de la materia.
El 19 de diciembre de 1937, los asistentes a la demostración realizada por Edgerton en el Bushnell Memorial de Massachusetts, quedaron perplejos, al contemplar unas imágenes que parecían ciertamente de ciencia ficción: choques y cruces de masas dinámicas en ambientes cotidianos, que no logran ser percibidos tan detalladamente.
La rapidez de los obturadores mecánicos fue lograda con cierta facilidad por la industria, permitiendo congelar la carrera de un objeto lanzado a toda velocidad o el momento en que un atleta da un salto y queda suspendido en el aire. Sin embargo, las mezclas poco sensibles de la época, y la fuente de luz natural impedían obtener resultados más avanzados a la hora revelar las imágenes.
Algo similar ocurre con el ojo humano, capaz de registrar hasta diez imágenes por segundo, las que son posteriormente recibidas y transmitidas al cerebro por la retina. Un movimiento más rápido de esa cadencia no puede ser retenido y la información que llega es parcial, siendo interpretada como una mancha más o menos borrosa. Esto genera ciertas dificultades, pues tanto en el mundo de la naturaleza como en el creado por el hombre, muchas cosas circulan deprisa. De ahí la trascendencia del hallazgo de Edgerton: su descubrimiento permitió ver lo que hasta entonces parecía invisible.
Este ingeniero siguió la senda de algunos precursores como el inglés William Fox Talbot y el norteamericano Edward James Muggeridge, quienes en vez de empeñarse en el desarrollo de obturadores más rápidos, se concentraron en lo verdaderamente trascendental de la fotografía: la luz.
En palabras sencillas, lo que se buscaba era lograr un destello tan breve que comenzase y se detuviera casi al mismo tiempo, reduciendo su duración a una millonésima de segundo. Edgerton desarrolló una batería de unidades de flashes electrónicos capaces de conseguir tales prestaciones y con ello logró desvelar unos sucesos y mecanismos que hasta ese entonces el hombre no era capaz de distinguir.
La brevedad de los destellos sincronizados eléctricamente era tal, que el sujeto más rápido quedaba literalmente congelado. Mientras el obturador permanecía abierto, al no haber ninguna otra fuente de luz, la película no se impresionaba. Una vez producido el flash, el obturador se cerraba, quedando registrado sólo lo sucedido en el brevísimo espacio de tiempo en que hubo luz.
Y es así como Edgerton descubrió la denominada “fotografía estroboscópica”: exponiendo al sujeto fotografiado a repetidos e intensos destellos de cortísima duración e impresionando las imágenes en una misma placa fotográfica.
Estos hallazgos encontraron de inmediato variadas aplicaciones, destacando su uso en las investigaciones científicas y bélicas, siendo trascendental una aplicación de su trabajo en las fotografías aéreas previas que determinaron grandes momentos de la historia, como por ejemplo el desembarco de Normandía.
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