Una sala negra y oscura, barrotes metálicos de un laberinto iluminando el espacio, imágenes proyectadas en la pared bajo la suave música. Esta es la muestra de Alicia Larraín: Libre Albedrío, un espacio para reflexionar, que termina por hacernos las mismas preguntas de siempre: ¿qué somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?
Al entrar a la sala del Museo de Bellas Artes de inmediato las percepciones se ponen en alerta. “El arte moderno nos entrega lecciones, conceptos no experimentados, ni soñados; despierta tus sentimientos y virtudes”, expresa uno de los visitantes.
La luminosidad del hall central y el brillo del mármol se reemplazan por paredes pintadas de negro y un perímetro de frases en rojo que rodea los muros.
El foco de todo: la alta estructura tridimensional y transparente que nos invita a adentrarnos en la maraña de nuestras conciencias, y a expandir los límites de la razón. Así, el sujeto se ve obligado a cuestionar la instalación y a decidir si entrar o no en el juego de la artista.
Un grupo de turistas se pasea por la exposición, la guía comparte su propia vivencia, “ustedes van haciendo su propio camino”; cada uno tendría la capacidad de resolver si tomar los atajos que aparecen cuando llega la duda.
Arturo Duclos lo expone, “o te introduces o no, o piensas o no, o te quedas o te vas, o te preguntas o callas”. De hacerlo, deberá recorrer las bifurcaciones y entramados del laberinto, hasta llegar finalmente al centro, donde mirará hacia el techo y verá su propia imagen reflejada en el espejo. “Cada uno se representa a sí mismo y se expone a ser visto y reflejado en el seductor acertijo de los espejos, que nos devuelven constantemente nuestras propias paradojas”.
Libre Albedrío juega con los cuestionamientos propios del ser humano, con esas preguntas que nos hacemos en el mundo de la vigilia y en sueños, con las dudas y temores del día a día.
Duclos dirá, “no solo es el juego de opciones del hombre, al que alude el enigma que nos hace la artista. Es la gran metáfora de la historia del hombre arrojado a la incerteza del conocimiento, el logos de la incertidumbre, donde las respuestas son los acertijos medievales que nos devuelven a la comedia del arte, como representación plena de la gran farsa humana”.
El sujeto, lleno de dudas e inserto en un mundo volátil y cambiante, choca entonces con los temores que lo hacen volverse a sí mismo y aislarse de todo y de todos.
Nos enfrentamos a ese laberinto de nuestro destino, pero uno que habita en nosotros –como expone Diamela Eltit en una muralla de la exposición- para liberarnos. “Esta vez no de la muerte violenta como destino, sino del re-conocimiento. Salir o entrar, salir y entrar, verse a sí mismo en el centro de un espacio cuyo desafío es sencillamente verse a sí mismo”, dirá.
Alicia Larraín va más allá y permite el viaje necesario en estos tiempos a nuestro interior. El colapso y la caída del sujeto posmoderno, que se ve expuesto a una crisis de sentido y de vacío total, busca salir de entre los barrotes.
Pero tal vez, las respuestas no se encuentran ahí afuera, más bien bastaría descifrar esas zonas no iluminadas de nuestra existencia que parecen confundirnos. “El sujeto parece ser un laberinto que no puede ser conducido desde un afuera porque sus coordenadas, en suma, están en su propio interior (…)”, así valora Diamela Eltit.
El libro de visitas, pleno de ejemplos de búsquedas y problematizaciones varias, es claro: “en el fondo no hay opciones”. El laberinto solo tiene una entrada y una forma de salir. No hay opciones, no hay albedrío, no hay libertad.
Es así que la muestra nos permite el reencuentro con los dilemas que cercan nuestra esencia, nos hace cuestionar todo aquello que de alguna forma nos constituye. Una muestra que apela a nuestra subjetividad, a lo que creemos –o creíamos- ser. Una muestra que en el fondo, más que decirnos “miren, esto es arte”, busca remecernos y hacernos pensar.
Al entrar a la sala del Museo de Bellas Artes de inmediato las percepciones se ponen en alerta. “El arte moderno nos entrega lecciones, conceptos no experimentados, ni soñados; despierta tus sentimientos y virtudes”, expresa uno de los visitantes.
La luminosidad del hall central y el brillo del mármol se reemplazan por paredes pintadas de negro y un perímetro de frases en rojo que rodea los muros.
El foco de todo: la alta estructura tridimensional y transparente que nos invita a adentrarnos en la maraña de nuestras conciencias, y a expandir los límites de la razón. Así, el sujeto se ve obligado a cuestionar la instalación y a decidir si entrar o no en el juego de la artista.
Un grupo de turistas se pasea por la exposición, la guía comparte su propia vivencia, “ustedes van haciendo su propio camino”; cada uno tendría la capacidad de resolver si tomar los atajos que aparecen cuando llega la duda.
Arturo Duclos lo expone, “o te introduces o no, o piensas o no, o te quedas o te vas, o te preguntas o callas”. De hacerlo, deberá recorrer las bifurcaciones y entramados del laberinto, hasta llegar finalmente al centro, donde mirará hacia el techo y verá su propia imagen reflejada en el espejo. “Cada uno se representa a sí mismo y se expone a ser visto y reflejado en el seductor acertijo de los espejos, que nos devuelven constantemente nuestras propias paradojas”.
Libre Albedrío juega con los cuestionamientos propios del ser humano, con esas preguntas que nos hacemos en el mundo de la vigilia y en sueños, con las dudas y temores del día a día.
Duclos dirá, “no solo es el juego de opciones del hombre, al que alude el enigma que nos hace la artista. Es la gran metáfora de la historia del hombre arrojado a la incerteza del conocimiento, el logos de la incertidumbre, donde las respuestas son los acertijos medievales que nos devuelven a la comedia del arte, como representación plena de la gran farsa humana”.
El sujeto, lleno de dudas e inserto en un mundo volátil y cambiante, choca entonces con los temores que lo hacen volverse a sí mismo y aislarse de todo y de todos.
Nos enfrentamos a ese laberinto de nuestro destino, pero uno que habita en nosotros –como expone Diamela Eltit en una muralla de la exposición- para liberarnos. “Esta vez no de la muerte violenta como destino, sino del re-conocimiento. Salir o entrar, salir y entrar, verse a sí mismo en el centro de un espacio cuyo desafío es sencillamente verse a sí mismo”, dirá.
Alicia Larraín va más allá y permite el viaje necesario en estos tiempos a nuestro interior. El colapso y la caída del sujeto posmoderno, que se ve expuesto a una crisis de sentido y de vacío total, busca salir de entre los barrotes.
Pero tal vez, las respuestas no se encuentran ahí afuera, más bien bastaría descifrar esas zonas no iluminadas de nuestra existencia que parecen confundirnos. “El sujeto parece ser un laberinto que no puede ser conducido desde un afuera porque sus coordenadas, en suma, están en su propio interior (…)”, así valora Diamela Eltit.
El libro de visitas, pleno de ejemplos de búsquedas y problematizaciones varias, es claro: “en el fondo no hay opciones”. El laberinto solo tiene una entrada y una forma de salir. No hay opciones, no hay albedrío, no hay libertad.
Es así que la muestra nos permite el reencuentro con los dilemas que cercan nuestra esencia, nos hace cuestionar todo aquello que de alguna forma nos constituye. Una muestra que apela a nuestra subjetividad, a lo que creemos –o creíamos- ser. Una muestra que en el fondo, más que decirnos “miren, esto es arte”, busca remecernos y hacernos pensar.